martes, 18 de enero de 2011

UPR: más allá de los 800 dólares


Si el conflicto que ha enfrentado la Universidad de Puerto Rico (UPR) durante los pasados meses se limitara a la cuota de 800 dólares anuales impuesta por la Junta de Síndicos,  hubiera bastado una pequeña dosis de buena voluntad y posiblemente el mismo se hubiera resuelto hace tiempo. Si fuera sólo una cuestión de aritmética presupuestaria, de algún lado hubiera salido un punto medio, alguien hubiera propuesto una salida airosa para todos, una solución. Bastaría con evaluar seriamente las numerosas ideas presentadas por estudiantes y docentes y ahí estarían muchas de las alternativas viables.
El problema es que el problema va mucho más allá de una cuota compulsoria o de limitaciones presupuestarias. Para los enemigos de la Universidad, el problema es la Universidad misma; lo que ha significado y representado por décadas para nuestra nacionalidad y cultura; su condición de patrimonio nacional, de baluarte del debate de ideas y escenario de luchas reivindicativas.
Para esos, el problema es la Universidad que  ha cobrado forma trabajosamente desde la crítica, la militancia, el compromiso con el conocimiento, las ideas y el País; a contrapelo de la universidad que desde la fundación misma quiso imponerse, donde reinara la paz de los sepulcros, y estudiantes, profesores y trabajadores no pasaran de ser un dócil rebaño que se manejara al antojo de un puñado de burócratas impuestos por el gobierno colonial de turno.
El atropello presupuestario desatado por la administración Fortuño-PNP contra la UPR  va dirigido precisamente a hacer daño a la Universidad, a achicarla en sus perspectivas y alcance social y en el peor de los casos a destruirla. Ya sea por vía de la privatización o incluso de su disolución progresiva.
Para los anexionistas-fascistas la Universidad de Puerto Rico es un enemigo poderoso. Están convencidos de que tienen que vencerlo—que implica no dejar piedra sobre piedra—para que puedan avanzar sus planes de descomposición de la sociedad en su conjunto, para luego hacer realidad sus sueños ancestrales. Sueños que son pesadillas.
Los anexionistas-fascistas odian la UPR; no la soportan. Por eso se esmeran tanto en criminalizarla, en insultarla y estigmatizarla. Le espantan los universitarios. Le huyen al debate de ideas, y a la irreverencia y el atrevimiento juvenil, como el diablo a la cruz. Les apesta la democracia, la participación, la divergencia, la honestidad y el compromiso social que florece en la Universidad, cuando surge como universidad verdadera.
Por eso se sienten tan cómodos y seguros en una universidad ocupada por la policía, controlada por decretos draconianos, sometida a una camisa de fuerza. Se sienten confortables precisamente cuando la Universidad deja de serlo, para convertirse en un cuartel, en un centro de detenciones, en un espacio sitiado lleno de edificios que pierden toda razón de ser.
Por consiguiente, el problema real que mueve a estos personeros de la maldad y la perversión, es uno de naturaleza ideológica, de alcance paradigmático, de visión de mundo Se manifiesta en la Universidad, pero va dirigido contra a todo el País, lo mismo contra el Corredor del Noreste que contra el Colegio de Abogados, el Gasoducto del Norte o los empleados públicos.
El problema de la Universidad es uno de alcance nacional, totalizador. Por eso los anexionistas-fascistas han volcado tanta represión, tanta propaganda y tanta intolerancia contra la UPR y la comunidad universitaria. Por eso  el asunto de la cuota no se ha resuelto. Porque para ellos es  un “asunto de principios” domesticar y humillar a los universitarios y al Pueblo todo. Por eso  la más sensata de las propuestas financieras se estrella una y otra vez contra la insensatez y la intolerancia de los brutotes. Por eso la Fuerza de Choque se ha convertido en su representante por excelencia, para golpear y maltratar, no para negociar y acordar, que no está en sus planes.
Existe una contradicción irreconciliable entre los intereses fundamentales de nuestra juventud y nuestro Pueblo, y lo que pretenden los anexionistas-fascistas. Irreconciliable. Nadie se llame a engaño. Ese es el gran problema.









La violencia, un problema social

Las autoridades policiacas reconocen que más de la mitad de los asesinatos cometidos en el País no tienen que ver con el narcotráfico, con guerras entre puntos de drogas o luchas entre delincuentes. Que en más de la mitad de los casos, tanto la víctima como el victimario son gente común y corriente. De esa forma están admitiendo que no estamos principalmente ante un problema policiaco, sino ante un problema de profundas raíces sociales.

Hay ejemplos elocuentes que confirman esa realidad. Uno de ellos es la tragedia ocurrida en el municipio de Florida, donde una persona prendió fuego a su familia matando a cinco de ellos; y, más recientemente, el médico a quien acusan de haber tomado la justicia en sus manos en relación al asesinato de su hijo.

La violencia se manifiesta de muchas formas. No sólo en la lista interminable de asesinatos. Hay violencia en la calle, en los centros de estudio y de trabajo, en los hogares, en la manera como nos comunicamos, lo mismo en persona, que en teléfono o por computadora. Hay violencia desde el Gobierno, en la Universidad, en cada sitio.

A la violencia suelen acompañarle la intolerancia, la insensibilidad, el desprecio. Estos comportamientos se van convirtiendo en modos de vida “normales”.

¿Quiénes son los violentos? Cualquiera de nosotros, quienes vivimos en este País tan golpeado por la violencia y la intolerancia. No es un asunto de buenos y malos. Es una enfermedad que nos golpea a todos y todas, a quienes se nos ha  contaminado casi desde que nacemos con las formas violentas de comportamiento social, como si tal cosa.

Son muchos más los actos de violencia de los que sólo se enteran los involucrados, que los actos de violencia que se convierten en delitos, porque se radica una querella o una acusación.

Porque en su origen se trata de un profundo problema social y no de un problema policiaco, no es al Superintendente José Figueroa Sancha ni a ninguno de sus coroneles, a quienes corresponde ser la fuente del análisis esta situación, mucho menos quienes propongan soluciones, que en su caso no pasarán de ser medidas policiacas inefectivas.

¿Qué tienen que decir el Departamento de la Familia, el Departamento de Educación, la Oficina de la Juventud, las Procuradorías de la Mujer y del Envejeciente, el Departamento de Trabajo, Recreación y Deportes, el Departamento de Salud, entre otras agencias del Gobierno?

Nuestra aspiración debe ser promover la cultura de paz, la cultura de tolerancia, la cultura del respeto al otro y la otra.  No una vez al año, sino a cada instante. Es cosa de empezar. Más nos vale empezar. Nos va la felicidad y la vida en esta situación insoportable. Mientras el Gobierno y la Policía reciclan fórmulas desacreditadas, la población está obligada a forjar esas formas superiores de hacer de Puerto Rico un lugar en el que se pueda vivir . VIVIR.

jueves, 13 de enero de 2011

Indignación


Fue una experiencia indignante, de esas que uno nunca hubiera imaginado que habría de tener. De las que activa los sentimientos más profundos y encontrados.

Eran cerca de las dos de la tarde de este jueves, 13 de enero. Completaba una mis escasas y breves visitas a la Facultad de Ciencias Sociales en estos días de huelga, confrontación e intolerancia. Acababa de entrevistarme con varios alumnos en uno de los pasillos, para cuadrar trabajos pendientes y ofrecer alguna despedida digna del semestre académico.
Al bajar, noté una aglomeración de estudiantes y periodistas, en el espacio libre bajo la Escuela de Trabajo Social. Reinaba un ambiente de camaradería y tranquilidad, en medio de tanta tensión.

Decidí irme. Pero al entrar al auto, divisé a la distancia, frente a los quioscos de Sociales, la imagen inconfundible de los salvajes de la Fuerza de Choque. Inevitablemente me acerqué, de prisa.

El espectáculo parecía increíble, sino hubiera sido porque estaba sucediendo. Decenas de fuerzas de choque cuadrando frente a la Facultad de Ciencias Sociales, frente al busto de Betances, el Padre de la Patria. Luego, entrando a los pasillos de la Facultad, como dueños y señores de la situación; prestos a arremeter contra los muchachos y muchachas que estaban allí cerca. Haciendo alarde de toda su parafernalia, guapeteando, como tropa de ocupación, como horda fascista que son.

Sentí muchas cosas, humillación, consternación, indignación, coraje, mucho coraje. No me sentí impotente porque no estuve dispuesto a guardar silencio, sino que increpé a todos cuantos pude, incluyendo al muy cínico teniente coronel Rubí, a cuanto policía se me acercó o me le acerqué. No porque pretendía hacer alarde de valentía, ni mucho menos. Porque quise o sentí que tenía que ser Hostosiano y Betancino en aquel momento en el que cualquier cosa menos la indiferencia o la resignación eran admisibles.

Luego supe, por la radio, de las agresiones y arrestos renovados; de los abusos de estos salvajes. En todo caso, me sentí orgulloso de mis queridos estudiantes universitarios y universitarias, que están dando cara por la dignidad y el decoro de la Nación.

Aquí les dejo, junto con estas letras llenas de indignación, alguna evidencia gráfica  que pude tomar de esos minutos indeseables.

Porque no se valen el silencio, ni la indiferencia, ni la conformidad. Porque es un atropello imperdonable. Porque ni perdonamos ni olvidamos.
















martes, 11 de enero de 2011

Discurso presentado en el acto de recordación por el 172 aniversario del natalicio de Eugenio María de Hostos

Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH)

Discurso presentado por Julio A. Muriente Pérez, Copresidente del MINH, en el acto de recordación por el
172 aniversario del natalicio de Eugenio María de Hostos
Centro Cultural de Mayagüez
10 de enero de 2011

Compañeras y Compañeros:
Queridos Compatriotas:

Parecería un ejercicio rutinario, llegar a Mayagüez cada once de enero—en este caso el día diez, por causas que impone el almanaque— a rendir homenaje al patriota Eugenio María de Hostos, nacido aquí el 11 de enero de 1839; hace ya ciento setenta y dos años.

O venir a recordar al querido compañero Juan Mari Brás, y a quienes, junto a él, fundaron el Movimiento Pro Independencia (MPI) el once de enero de 1959; hace ya cincuenta y dos años. Y consignar a su vez que diez días antes, el primero de enero de 1959, triunfó la Revolución Cubana, que acaba de cumplir cincuenta y dos años contra viento y marea, sin dejar de ser ni por un instante el principal aliado internacional de la lucha de independencia de Puerto Rico.

Fue precisamente el primero de enero de 1804—para que lo tengamos presente— que se proclamó la primera república en Nuestra América, correspondiéndole el honor al hermano pueblo haitiano, vencedor en el campo de batalla de los ejércitos republicanos e imperiales de Francia.

He dicho que nos corremos el riesgo de la rutina, de la repetición, de la mera formalidad.

Pero digo también que ese riesgo se disipa, cuando la convocatoria que nos ha traído hasta aquí esta tarde, de este diez de enero, no se conforma ni mucho menos con el ejercicio nostálgico, con el recuerdo triste del pasado, o con la evaluación fría y distante de quienes nos han precedido.

Aquí no venimos meramente a recordar a Hostos, a Mari Brás, al MPI, a la Revolución Cubana o al heroico pueblo de Haití. Éste no es un acto protocolar; este es un encuentro de luchadores y luchadoras que reafirman aquí una lucha más que centenaria por la independencia de Puerto Rico. Lucha de la cual son militantes distinguidos Eugenio María de Hostos, Juan Mari Brás y los cientos y miles de hombres y mujeres responsables de que hoy podamos afirmar la Nación puertorriqueña, sin titubeo, con orgullo y profundo patriotismo.

Venimos a rendir homenaje a quienes han dado la cara por el País en este año que ha finalizado y la siguen dando en el presente. A los miles de ciudadanos de las comunidades que con extraordinaria capacidad organizativa y con singular sensibilidad se organizan para luchar en favor del ambiente, para luchar por su tierra, por la salud y por la integridad territorial de nuestra Patria. A la gente del Caño de Martín Peña, de Villa del Sol, del Corredor del Noreste, de Adjuntas, de Utuado, de Toa Baja, de Arecibo… A quienes defienden nuestra tierra, nuestra atmósfera, nuestros cuerpos de agua, nuestros mares. A quienes combaten con ahínco los supertubos de la muerte, los incineradores que contaminan, los acaparadores de nuestras playas y nuestras tierras.

Venimos a rendir homenaje a nuestros jóvenes universitarios, a nuestros valientes muchachos y muchachas, que aseguran con su conciencia traducida en acción concreta la continuidad de esta lucha redentora y que precisamente mañana reanudan un proceso huelgario justo que merece todo nuestro apoyo activo. Nuestros jóvenes que no son, como dicen algunos, la esperanza del futuro. Que son la esperanza del presente.

Unos y otros, unas y otras, son hostosianos y hostosianas ejemplares. Hoy Eugenio María de Hostos está junto a ustedes, en la marcha y el piquete, en la huelga y en el enfrentamiento contra los salvajes de la Fuerza de Choque, en la asamblea, el análisis y el estudio de cada asunto que les hará más cultos y más libres.

Venimos a rendir tributo a la Madre Tierra, aposento, fuente de riqueza, escenario del desarrollo de nuestra sociedad, de nuestra historia; tierra emergida cargada de recursos innumerables y de belleza que tenemos que proteger y defender celosamente, porque es la única que tenemos, porque significa la vida y el porvenir; porque ha sido amenazada, maltratada y agredida desde siempre o desde casi siempre, porque es el lugar, el único lugar que poseemos para edificar el Puerto Rico del porvenir, para felicidad de nuestro Pueblo.

He dicho  que Hostos, Juan Mari Brás y la legión de patriotas son, no que fueron; que están, no que estuvieron.

Es que, la grandeza de esos grandes hombres y mujeres radica, justamente, en que nunca dejan de estar, siempre están presentes porque su vigencia, su pertinencia, es permanente e incluso se agranda con el pasar del tiempo.

Unos y otros son nuestros contemporáneos..!

La vida, la obra y el ejemplo de Eugenio María de Hostos a las alturas del inicio de la segunda década del siglo veintiuno, no sólo está vigente y es pertinente.

Su vida, su obra y su ejemplo son profunda y urgentemente necesarios en este momento de nuestra vida como Pueblo y Nación.

Entre tantos papeles y notas que se van acumulando, he encontrado unos apuntes de la Asamblea Extraordinaria que celebró el Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH), el 24 de agosto de 2008, en Toa Baja. Me he topado allí con un resumen de la intervención hecha por el compañero Juan Mari Brás; palabras sabias y premonitorias, expresiones de un hostosiano sin par, que nos conviene atender, como lección que debe orientar nuestros pasos.

Nos advertía Juan entonces que, “Estamos perdiendo la sensibilidad y el sentido de proporción sobre la situación del País”. Nos decía que “el País se va hundiendo, entre insultos y diatribas”; que “el debate político se ha reducido a pugnas electorales, que no van al fondo ni ofrecen soluciones”. Señalaba con profunda inquietud y preocupación, que todo esto es una “jugarreta letal”; una “cháchara politiquera que nos divide”. Aquel día, nos convocaba Juan a generar un “renacimiento” de la lucha social, de la cultura, del respeto y aprecio a los hombres y mujeres de este Pueblo.

Ese renacimiento de nuestra humanidad colectiva que reclamaba Juan Mari, a la vez preocupado y ansioso, resulta indispensable si es que queremos que haya Patria donde construir una Nación en el sentido pleno de la palabra, independiente y soberana, en el porvenir.

Ese renacimiento, para que pueda darse, requiere de hombres y mujeres comprometidos y comprometidas, tanto con la causa de la independencia nacional, como con los valores y principios que anidan en cada uno de nosotros y nosotras y en la inmensa mayoría de nuestros compatriotas

¿Tendremos acaso, nosotros y nosotras, la capacidad de forjar a esos hombres y mujeres del siglo veintiuno puertorriqueño, cuya tarea ha de ser liberar al País de la inmundicia, de la mediocridad, de la pobreza de espíritu, de la incultura, de la insensibilidad y la soberbia?

¿Están los arquitectos de ese renacimiento en las comunidades que valientemente enfrentan el intento de instalar el tubo de la muerte y otras agresiones, y a quienes dedicamos este acto?

¿Han de ser los queridos jóvenes a quienes también dedicamos esta actividad, los continuadores de este desigual y complejo proceso por hacer de Puerto Rico un mejor país y de nuestro Pueblo un mejor pueblo?

No respondamos de inmediato.

Reflexionemos, más bien, cómo han de ser ese hombre nuevo, esa mujer nueva, esos maestros de obra, forjadores del porvenir. Busquemos en derredor, modelos a seguir, vidas que nos iluminen, que nos orienten en esa dirección liberadora.

Detengámonos ante la figura de Eugenio María de Hostos. ¿Qué opinan sus continuadores, sus alumnos, sus biógrafos, sobre su vida, su obra y su ejemplo?

Unos y otros han descrito a Hostos de esta diversa manera:

Profeta; Hombre futuro; Hombre íntegro; refugio y amparo moral; doble culto de la libertad y la justicia; conciencia moral de la Patria; patriota en toda patria; apóstol de la educación; el más universal de los pensadores puertorriqueños, paradigma del decoro y patriotismo; uno de los forjadores de la conciencia americana; jurista, educador, moralista, demócrata; humanista impar; sabio; la voz más progresista de su tiempo; libertador; antillanista; abocado a la tarea de “formar hombres y mujeres en toda la excelsa plenitud de la naturaleza humana”; cuyo norte fue “enseñar a pensar, como camino para lograr la libertad superior sin la cual no es dable la realización consciente de otras libertades”; revolucionario. (…)

Ese es aquel de quien el gran poeta-patriota de Ciales ha dicho, en la Alabanza a la Torre de Ciales, lo siguiente:

Entre dos siglos, de pie, a ver alcanza
Más allá de las letras y las armas.
Nos mira ahora. Nos ve después. Nos ama
Y nos enseña y nos proclama
La verdad más redentora y exacta.

Ese es aquel que confesara alguna vez que, mi “…idea dominante, mi único amparo, mi fe, mi esperanza, mi amor, mi fortaleza (es) la idea de la gran patria del porvenir en toda América Latina, la religión de la patria americana y del deber”.

Y del deber.

La gran patria del porvenir de toda América Latina.

¿No sigue siendo esa nuestra gran aspiración, a las alturas del siglo veintiuno? ¿No soñamos acaso con el día en podamos unirnos en igualdad de derechos y deberes con los pueblos hermanos de América Latina y el Caribe que hoy encabezan una lucha sin par, en Venezuela, Nicaragua, Cuba, Bolivia, El Salvador, Uruguay, Brasil, Ecuador? 

¿No será acaso este hombre futuro, este Hostos nuestro, fuente que nos nutra en este momento de nuestra historia, en que los indecorosos intentan destruirlo todo; cuando se requiere  con urgencia una inmensa dosis de decoro, de honradez, de patriotismo, como el que Hostos nos ha brindado y nos sigue entregando hoy?

¿No es cierto acaso que si en algún momento de nuestra historia nacional han tenido vigencia y contemporaneidad la prédica hostosiana, es precisamente en este momento en el que los cruzados de la maldad y la intolerancia pretenden que el País se hunda en el insulto, en la diatriba, en la frivolidad y la cháchara politiquera que nos divide, que nos disminuye, como advertía el compañero Juan Mari Brás?

¿No es cierto acaso, que hoy están más presentes y son más necesarios que nunca, esos hombres y mujeres que nos han enseñado a pensar y a sentir por esta Patria; a quienes sobre todas las cosas les distinguió la sensibilidad humana y social, la pulcritud de sus vidas, el respeto y el amor, su decencia, su bondad y su nobleza, su ética elevada y sus principios inclaudicables?

¿No es cierto acaso que hoy están más presentes que nunca y que son más necesarios que nunca, en esas comunidades heroicas, junto a estos jóvenes maravillosos, Eugenio María de Hostos, junto a Ramón Emeterio Betances, Pedro Albizu Campos, Juan Mari Brás, Lolita Lebrón, Filiberto Ojeda Ríos y tantos otros extraordinarios compatriotas?

Preguntémonos: ¿Presentes y necesarios para qué?

Primero que todo, para garantizar la existencia y la jntegridad de la Nación puertorriqueña.

La existencia y la integridad.

Hemos dicho en reiteradas ocasiones, que el colonialismo constituye en su origen, una relación irreconciliable de naturaleza existencial. Es decir, la intención del colonizador no se limita a saquear las riquezas del territorio ocupado, o a explotar la fuerza de trabajo del pueblo colonizado, o a imponer su presencia militar. Va más allá. La potencia colonial pretende desconocer la existencia misma del pueblo dominado y lo reduce a cosa de la que puede disponer a su antojo.

El colonialismo, entonces, se fundamenta en el desprecio a la dignidad humana, en la falta de respeto y consideración, en el ninguneo colectivo de pueblos enteros. La intención es achicarlos, quebrar su autoestima, hacer que se sientan avergonzados, inferiores, incapaces; lograr que el dominado esté siempre a merced del dominador, que se sienta incapaz de levantarse sobre sus propios pies y que pueda caminar libremente.

Lo primero que un pueblo humillado por el colonialismo libera, es su dignidad y su decoro. Podrá pasar mucho tiempo antes de que logre liberar su tierra, su economía y sus riquezas. Podrá estar sometido a la ocupación militar por mucho tiempo. Podrá ser objeto de represión y abuso. Pero en el momento en que aflora en ese pueblo dominado, la voluntad de ser él mismo, diferenciado de todos y sometido por nadie; en el momento en que surge con fuerza la indignación por la humillación y el desprecio sufrido; en ese momento ese pueblo comienza a ser libre; irreversiblemente libre.

Ya lo decía el Gran Laborante, el Padre de la Patria Ramón Emeterio Betances, que querer ser libre es comenzar a serlo. Querer ser libre, que significa, además, la seguridad de que podemos serlo, de que tenemos el derecho a serlo; de que vamos a luchar y estamos luchando por serlo.

Esto lo afirmamos al mundo, justamente al conmemorarse el cincuenta aniversario de la Resolución 1514 (XV) de la ONU, conocida como la Carta Magna de la Descolonización; al concluir la Segunda Década por la descolonización proclamada por la ONU y cuando se anuncia la promulgación de una Tercera Década por la erradicación del colonialismo.

Estimados y estimadas compatriotas,

¿Por qué hemos insistido en esta tarde en consideraciones éticas y morales; por qué esa preocupación nuestra por la dignidad, por el decoro, por la moral y los sentimientos; por el renacimiento de nuestra Patria?

Hubiéramos podido concentrar nuestra atención, en los efectos concretos de la nefasta Ley 7; o en el desempleo galopante; en los cientos de miles de boricuas que han tenido que abandonar el País en la década pasada; en el intento de destrucción del Colegio de Abogados o la Universidad de Puerto Rico; en los casi mil ciudadanos asesinados en el año 2010 y la violencia desenfrenada que sufrimos; en los abusos cometidos por la Fuerza de Choque contra estudiantes y ciudadanos; en las tierras del Corredor del Noreste amenazadas nuevamente por los mal llamados desarrollistas; en los boricuas  que siguen muriendo en las guerras de Irak y Afganistán; en la ocupación policiaca de la Universidad; en la movilización de la guardia nacional para realizar operativos policiacos; en la progresiva federalización del País; en la toma del Tribunal Supremo los anexionistas; en la corrupción y la mediocridad enclavadas en el Gobierno; en la Legislatura plagada de vividores; en el intento de imponer el tubo de la muerte en perjuicio de la población y de nuestra geografía; en la manipulación de los planes de ordenamiento territorial para beneficio de unos pocos; en el afán destructivo de imponer el discurso del anexionismo en cada esquina del País; en el desmadre privatizador y la entrega de nuestro patrimonio a los grandes intereses foráneos; en el desastre existente en áreas tan neurálgicas como Salud y Educación; en el desplome de un modelo económico desgastado e inservible…

El catálogo del desgobierno es interminable…

Somos conscientes de que 2010 ha sido un año terrible. Un año en el que los enemigos de nuestro Pueblo han mostrado sus garras con maldad singular, con deseos inocultables de hacer daño; con la pretensión de que pueden disponer a su antojo del País, sus instituciones, sus valores, sus historia y cultura, y no dejar piedra sobre piedra, para desde la nada edificar la monstruosidad que han acariciado por tanto tiempo.

Si les llamo enemigos, es porque eso es lo que son para este Pueblo, enemigos.

Con cálculo y premeditación, el gobierno de Fortuño y el PNP ha ido golpeando al Pueblo y sus instituciones por todos los costados, simultáneamente, con la evidente intención de provocar una consternación general, con el propósito de abrumarnos y de inmovilizar al País, de neutralizar nuestra capacidad de lucha y resistencia. No ha sido otra cosa que la aplicación concertada de la llamada política de chock, dirigida a arrasar todo cuanto resulte amenazante a sus intereses, para luego imponer su voluntad impunemente.

Lo han estado haciendo durante los pasados dos años, con torpeza, con rabia, con mala voluntad, con odio. Con maldad. Porque, más allá de su condición de anexionistas, el gobierno Fortuño-PNP encarna la maldad, la perversión y la falta de escrúpulos. Por eso tampoco exageramos cuando les llamamos fascistas. Su maldad viene acompañada de arrogancia e intolerancia. También de mediocridad e incompetencia. Pero asimismo de una cierta inteligencia maligna, cargada de cinismo e insensibilidad.

Es la misma maldad que han aplicado una vez más las autoridades carcelarias estadounidenses contra el querido compañero Oscar López, cuya liberación ha sido negada a pesar de los casi treinta anos que ha estado en prisión por el delito de luchar por la independencia de su Patria.

Insisto: el análisis que hagamos sobre cada uno de los elementos que han caracterizado estos dos años insufribles, tiene que partir de la premisa de que quienes desde el gobierno quieren hacer pedazos a Puerto Rico son, primero que todo y sobre todo, gente mala, indecorosa, perversa, inescrupulosa.

Precisamente, por eso resulta tan importante que, para enfrentarles, nos nutramos del pensamiento hostosiano, fuente de bondad y compromiso patriótico, paradigma del Puerto Rico digno al que aspiramos.

Es desde la bondad y el decoro, desde la honestidad, la nobleza y la solidaridad humana, que iremos haciendo realidad el renacimiento al que nos convocara el compañero Juan Mari Brás.

Es desde la bondad, la solidaridad, el decoro y la dignidad que seguiremos tomando la calle, junto a los hermanos y hermanas de las comunidades, para impedir que se imponga la pesadilla del tubo de la muerte; que estaremos junto a nuestros jóvenes universitarios, fuente fascinante de transparencia y patriotismo, en la lucha por nuestra Universidad.

Con profundo espíritu hostosiano llevaremos el mensaje de independencia para Puerto Rico a los confines del planeta, a donde iremos a brindar y a recabar solidaridad. Como lo hicieron Hostos y Betances, como lo han hecho los luchadores de los siglos veinte y veintiuno. 

Es desde esa dimensión superior del desarrollo humano, amplio, diverso, genuinamente democrático y participativo, que durante el año que comienza daremos tantas batallas como tengamos que dar, en defensa de nuestra tierra y  de nuestros recursos naturales, en respaldo a nuestro pueblo trabajador, en apoyo a las instituciones que son trincheras de dignidad y patriotismo, como lo son el Colegio de Abogados, Casa Pueblo, Casa Aboy y el Ateneo Puertorriqueño, entre otras.

Siendo este 2011 año preelectoral, y estando ante nuestra consideración diversas propuestas independentistas, expresamos nuestra esperanza de que brillen la sensatez y el patriotismo, que nos permitan constituir una alternativa electoral unitaria, que contribuya al crecimiento y desarrollo del movimiento independentista en su conjunto. En un esfuerzo como ese, pueden contar con nosotros y nosotras.

Mientras tanto, hay que seguir organizando, y educando, y convocando, y sumando voluntades. Y luchando, y tomando la calle, y levantando banderas, y mostrando a cada paso nuestra voluntad de optimistas irremediables, de creyentes con vocación firme y recia en una Patria digna y decorosa.

Es precisamente con nuestra voluntad de lucha patriótica y nacional, con lo que no han contado los cruzados de la maldad, los fascistas que quisieran que al Pueblo no le quedara otra opción que la resignación y la conformidad.

Pero están equivocados.

Desde la Isla Nena hasta Cabo Rojo, desde Arecibo hasta Ponce, lo mismo en Utuado, que en Adjuntas, Toa Baja o San Juan, vamos a dar  batalla. Con perseverancia inagotable. Conscientes de que, en pleno siglo veintiuno, somos los continuadores de una lucha más que centenaria, nada menos que contra la potencia imperialista más poderosa y agresiva de la historia. Reconociendo las mil dificultades que debemos afrontar. Confiados en que, tarde o temprano, vamos a prevalecer.

En esta hora de nuestra historia, no hay espacio para la resignación. No hay espacio para la indiferencia o el conformismo. No hay espacio para la frustración.

Es la hora del renacimiento de la defensa de nuestra Patria. Es la hora de la reafirmación  de nuestros principios y convicciones. Es la hora de la alegría y de la lucha. Aquí no hay brechas generacionales ni envejecimiento del espíritu. Aquí hay un Pueblo de todas las edades con un mismo propósito, con un mismo norte: la independencia de Puerto Rico, la justicia social, la dignidad, el decoro.

Porque somos hijos e hijas de Agüeybaná, de Hostos, de Betances, de Mari Brás, de Albizu, de Filiberto, de Lolita. Porque hemos derrotado al dios del miedo; porque no le tememos a los fascistas. Porque creemos que otro Puerto Rico es posible, y lo iremos edificando palmo a palmo. Porque creemos que la felicidad es la lucha, que la vida es lucha toda. Lo demás, lo demás es la victoria.

¡Queridos compañeros y compañeras, más temprano que tarde, vamos a vencer!

Este estado de ánimo, de renacimiento, de confianza, de optimismo y disposición a continuar enfrentando a los enemigos de la Patria, es el homenaje más digno que podemos ofrecer a Eugenio María de Hostos, a ciento setenta y dos años de su nacimiento. Con la inmensa alegría de que le tenemos, de que nos nutrimos de su vida, de su obra y de su ejemplo. Con la seguridad de que somos invencibles.

¡Gloria eterna al Maestro Eugenio María de Hostos!
¡Vivan nuestras comunidades en lucha!
¡Vivan nuestros estudiantes y la juventud puertorriqueña!
¡Gloria eterna a nuestros héroes y mártires!
¡Gloria a nuestra Madre Tierra, fuente de vida, asidero de la Nación!
¡Viva Puerto Rico libre!   
      

jueves, 6 de enero de 2011

La tragedia de Florida es nuestra tragedia


La tragedia ocurrida en días pasados en el municipio de Florida constituye una advertencia brutal, a la vez que una lección que no debemos ignorar. El fuego que quemó y mató allí a seres humanos de una misma familia convocados a compartir en una misma mesa, nos quema de una u otra forma a todos y todas, quienes vivimos en un mismo País.

Llama poderosamente la atención, la insistencia del lector de la noticia radial, de que la persona acusada de cometer esos hechos espantosos—Justino Sánchez Díaz— no tiene récord psiquiátrico ni criminal. Es decir, que se trata de una persona normal. Que todo cuanto hizo, lo hizo desde la normalidad, desde la cordura, desde la conciencia. Que todo parece haber sido premeditado, calculado meticulosamente.

Por lo tanto, no se trata de un delincuente o de un criminal. Mucho menos se trató de un ajuste de cuentas entre puntos de drogas. Los protagonistas no son gatilleros enfrentados a los tiros. Todos en la mesa eran personas normales, incluyendo al incendiario.

Evidentemente no estamos ante un problema policiaco. Estamos ante una dolorosa muestra de cómo la violencia y la intolerancia, en sus formas menos imaginables, se han ido apoderando del comportamiento cotidiano de nuestra sociedad.

El resto de nosotros y nosotras somos, o presumimos de ser, tan normales como Justino Sánchez Díaz El resto de nosotros y nosotras estamos igualmente expuestos a una sociedad en la que la violencia se ha ido convirtiendo progresivamente en forma normal de comportamiento.

Mucha de esa violencia producida desde la normalidad no se convierte en delito, no genera radicación casos. Pasa inadvertida o simplemente la asumimos como parte inevitable de nuestras vidas.
 
Todos y todas somos protagonistas de esos actos normales de violencia cotidiana; en el tapón, en la casa, en el centro de trabajo o estudio, en el hospital, en cualquier sitio. Creemos que la sangre no llega al río, pero va llegando poco a poco; de la misma manera que un insignificante manantial aquí y una pequeña quebrada allá va engordando el cauce de un río que luego inunda todo a su paso.
 
En fin de cuentas, los hechos terribles de Florida ponen en entredicho la pretendida normalidad que afirmamos. Se trata de una normalidad adulterada, contaminada, dañada. Se ha ido dando una inversión de valores, al extremo de que llamamos normal a lo espantoso, a lo perverso, a lo indeseable.
 
No es exagerado decir que esta es una sociedad enferma y decadente; que tras la fachada de la abundancia de objetos materiales y de la obesidad de nuestros cuerpos, nuestro espíritu social enflaquece y amenaza con colapsar. La anorexia social se va apoderando de nuestras existencias, por más que entremos en negación, sobre todo en época navideña.
 
No, no estamos ante un problema policiaco. En todo caso, la Policía también forma parte del problema, como ejecutor de violencia desenfrenada y abusiva contra todo el que se le pare al frente.
 
No es una erupción en la piel lo que estamos padeciendo. Es un problema que requiere cirugía mayor. Ni la crema para la piel ni un par de aspirinas son la solución. Hay que meter al País en el quirófano y erradicar de éste todos los males que padece. Hay que ir a la raíz, es decir, hay que ser radicales, empezando por reconocer la gravedad del caso.
 
Ciertamente, no nos merecemos tanto sufrimiento. En este País hay suficiente bondad y nobleza como para edificar un Puerto Rico mejor. Si no fuera por otra razón, simplemente porque nos lo merecemos. Todos y todas.   

Melinda, digna hija de su padre


Las expresiones hechas por Melinda Romero oponiéndose al pedido de excarcelación del preso político puertorriqueño Oscar López Rivera, lamentables como son, no deben extrañarnos. Es lo que ha aprendido de su padre Carlos Romero Barceló, quien con tanta vehemencia se opuso a la excarcelación de once presos políticos boricuas de cárceles estadounidenses en 1999.
 
No pasa inadvertido que Melinda Romero nunca ha dicho una palabra sobre la responsabilidad de su padre, como autor intelectual y responsable directo, y de su partido político en el vil asesinato de dos jóvenes independentistas, cometido el 25 de julio de 1978 por miembros de la Policía. Implícita o explícitamente ha validado aquellos hechos terribles que conmovieron al Pueblo Puertorriqueño. Implícita o explícitamente ha sido cómplice de los mismos.
 
Oscar López Rivera es un patriota puertorriqueño que ha estado dispuesto a entregar su propia existencia en favor de su ideal de independencia para Puerto Rico. Ha estado preso por casi treinta años, de una condena de setenta años. Su reclamo de excarcelación es tan justo, que así lo han solicitado representantes de los sectores más diversos de nuestra sociedad al gobierno de Estados Unidos. Incluyendo al Comisionado Residente, Pedro Pierluisi, contra quien Melinda arremete con singular insensibilidad y violencia.

En estos tiempos de fascismo institucional, en los que la extrema derecha estadounidense y su contraparte puertorriqueña campean por sus respetos, no serán muchas las posibilidades de que Oscar sea liberado. Seguramente será utilizado para intentar escarmentarnos a todos y todas, el Pueblo de Oscar

 
Para afrenta del gobierno de Estados Unidos, Oscar se convertirá dentro de poco en el prisionero político puertorriqueño que más tiempo ha sido mantenido en prisión. Pero Oscar es libre en su espíritu y en sus convicciones; y goza de nuestro amor, respeto y admiración.

La Historia, implacable, juzgará a cada cual según sus actos. Al asesino de Maravilla como lo que fue, un asesino, un fascista. A su hija, como una patética reproductora de lo peor. A Oscar, como un héroe, como un hermano, como un abanderado de la libertad.

sábado, 1 de enero de 2011

Llegó el 2011


Saludos a todos y todas en el nuevo año. Reciban un abrazo fuerte y mis mejores deseos para ustedes.

Esos deseos, dichos así y repetidos innumerables veces en esta fecha en cada rincón del País, parecerían imprimirle un sentido mágico al primero de enero. Como si de veras comenzara algo nuevo que podría ser mejor a lo que hemos dejado atrás. Es lo que quisiéramos. Es lo que anhelamos. Y hasta es lo que nos merecemos.

En el fondo sabemos que, más allá de nuestros honestos deseos, se trata de una ilusión. Que muy a nuestro pesar, el almanaque no trasforma, como por arte de magia, la vida real que vivimos cada día. Que la cronología inventada por los humanos lamentablemente no produce milagros.

Que la idea de que algo culmina en diciembre y algo comienza en enero la hemos creado los humanos al inventar eso que llamamos el tiempo, que medimos con relojes y calendarios y que en realidad tiene bastante de caprichoso. Sobre todo cuando intentamos adjudicarle, más allá de la medida en minutos, horas, días, meses y años, influencia decisiva sobre nuestras vidas, sobre el acontecer social, sobre ese capricho mayor que denominamos destino.

Nadie piense que se trata de un arranque de escepticismo. Como cuestión de hecho, soy un optimista irremediable. Y también me gusta soñar. Sólo que la dura realidad me da en la cara a cada instante, como le da en la cara a tantos de ustedes. No necesariamente para hacernos daño, sino para recordarnos que está ahí y que nos vemos forzados a conciliar sueños y aspiraciones con esa realidad dura de una sociedad decadente, en crisis, dirigida por mucha gente mala y mediocre a la vez, una sociedad desgarrada a la que los perversos quieren llevar al desfiladero.

Y si los dejamos, lo hacen.

Por eso se me hace tan simpática la frase aquella de un viejo y querido filósofo, que decía que la felicidad es la lucha, y la del poeta que afirmaba con gran sabiduría que la vida es lucha toda, que lo demás es la nada.

De esa manera se me hace más cómodo llegar al primero de enero. Entonces el calendario adquiere pertinencia y alcanzo a distinguir mejor entre lo valioso de soñar—imprescindible, podría decir—y lo peligroso de fantasear o de ignorar. Entonces adquiere pleno sentido decir que 2010 ha sido un año espantoso; que pocas veces tanta gente ha anhelado que llegaran las doce de la noche de un 31 de diciembre, casi con la ansiedad de que algún abracadabra, algún beneficio sobrenatural, pudiera zafarnos de tanto maleficio indeseable.

Entonces provoca una alegría particular que haya llegado el primero de enero. Porque los humanos—frágiles mortales que somos, después de todo—tenemos una necesidad insustituible de sentirnos entusiasmados, de que nuestras vidas tengan sentido, de que percibamos en el horizonte la posibilidad cierta de ser felices; al menos un poco más felices de lo que somos hoy, en esté País nuestro acosado por la infelicidad. Porque los milagros posibles los haremos nosotros y nosotras, con nuestro esfuerzo, con nuestro compromiso, con nuestro patriotismo.

En fin, que qué bueno que hemos llegado al primero de enero, al primer día de la segunda década del siglo veintiuno, con toda la intención de ser, de luchar, de prevalecer, de seguir imprimiéndole sentido a la vida, con afán de constructores, con vocación de agricultores, como forjadores de una sociedad que esté presidida en su día por la bondad, la solidaridad y la felicidad.

¿Qué les parece?
¡Así sí! ¡Feliz Año Nuevo!
¡Ahora sí! ¡Un gran abrazo para ustedes, mi Pueblo querido!